Adaptaciones, camuflajes, ampliaciones de la propia persona, estar de viaje. Estar en Polonia.
Visible o invisible, patente o latente, a estas alturas no estoy segura de sí lo ví, o lo sentí, pero igualmente estaba todo ahí. Su historia, su arquitectura, lo que falta pero que estuvo ocupa casi más lugar que lo que está. La misma ciudad es muchas, es Wroclaw, fue Breslau, en latín Breslavia. Fue polaca y luego de Bohemia, Húngara y parte de la monarquía de los Habsburgo, fue de Prusia, de Alemania y de vuelta, Polaca. Esta diversidad de origen y nombres que en un principio me pareció atractiva, viva y misteriosa también me deja exhausta.
Todo es fotogénico. El barrio judío y la sinagoga, el Rynek y el old town, colorido y espacioso, una plaza inmensa al estilo que sólo se encuentra en el centro de Europa, con portales de piedra donde se leen los apellidos de las familias a quienes pertenecieron, y que
recuerdan a otras ciudades del este y a ninguna del oeste. Suelos empedrados hasta el margen del casco antiguo, donde la ciudad cambia de nuevo y aparece el cemento de aire soviético, un poco vintage, un poco húngara, un poco gitana, auténtica, casi extinta.
Todo está ahí al alcance de la mano; los contrastes te encuentran a tí, si te dejas salir del selfie facilón, de repente encuentras carriles de tren que desaparecen en la hierba, imposible obviar lo poético que resulta verlos meterse adentro de la tierra sin que nadie se
hubiese preocupado por desmontarlos, mientras todos los trenes llevan a los 16 centros comerciales que funcionan todo el día en una ciudad del tamaño de Sevilla. Probablemente no he visto tanto hierro junto en toda mi vida. A veces el contraste me da vida, pero otras no me cuadra, no consigo ver la correlación entre la sociedad y el entorno. Por un lado estoy en la capital de la cultura y por otro llevo
una mascarilla que protege de la contaminación del aire. Todo está a diez minutos caminando pero tardó cuarenta por el tráfico. Mientras camino veo escaparates que son una mezcla entre castizos por vacíos, o de barraca de feria por llenos, en cualquier caso son
como de otra era, y al mismo tiempo el 80% de la ciudad trabaja para las multinacionales de telecomunicaciones. Hay un momento en que miro a mi alrededor y me doy cuenta de que todos somos Erasmus. Luego me cuentan que sólo hay una generación de polacos originales de Wroclaw, porque aunque no sea vea, por debajo, en el sustrato, donde no conseguí llegar pero aún así presiento, están las migraciones, las historias cruzadas y la identidad mestiza.