Hace mucho tiempo, en la comarca de Avilés, cuando no había estrellas en el cielo, había un árbol y sólo uno que tenía una característica muy especial.  El fruto de este árbol, una especie de bellota que aún hoy se puede ver al pasear por las costas de la región, era parecido al fruto de la foto con una diferencia: la bellota de este árbol único formaba una estrella de 6 puntas. Además, tenía la increíble característica de ser irrompible. Los lugareños estaban muy intrigados y una leyenda contaba que en su interior se escondía una gema incomparable, una piedra incluso más preciosa que el oro. Así que todos los aldeanos intentaron todo tipo de técnicas para abrirlo, pero todos los intentos fueron un fracaso.

Un día un niño cogió la bellota sin saber nada de la leyenda, sólo porque le pareció bonita ya que no era común una bellota con una estrella de 6 puntas. La quería mucho, dormía con él todas las noches y le contaba historias. Un día, la bellota se abrió, revelando la sublime piedra que brillaba con mil destellos. El niño estaba tan asombrado que lo mostró con alegría a todo el pueblo. Todos se asombraron de su belleza y preguntaron al niño apresuradamente cómo lo había hecho abrir. Simplemente respondió: «Lo he mimado con todo mi corazón». 

  Todos los habitantes fueron entonces a recoger una fruta y la mimaron lo mejor que pudieron, pero sólo los que tenían un gran corazón lograron que la fruta revelara su belleza oculta. Personas de diferentes partes del país vinieron a comprar esta piedra, algunos ofrecieron hasta 100 caballos por una sola piedra, pero en cuanto se realizaba una transacción, en cuanto alguien se atrevía a vender la piedra, ésta desaparecía. 

El rey de este país, ávido de más y más riquezas, pensó un día que quería estas piedras, las querían todas. Envió al ejército que robó todas las piedras, pero por supuesto todas desaparecieron. Los habitantes volvieron entonces al árbol para recoger nuevos frutos, pero también había desaparecido. 

Algún tiempo después, el niño descubrió en su jardín que había aparecido un brote. Lo regó, le envió sus más bellos sentimientos con su corazón puro y un día vio algo inesperado. En una de las hojas estaba escrito: «Escóndeme donde nadie me pueda encontrar y te concederé un deseo. Gracias». Enseguida supo de qué árbol se trataba, no dudó ni un segundo, sabía exactamente el lugar perfecto. Entonces recuperó el retoño con cuidado, cogió la barca de sus padres y remó durante horas y horas hasta que se encontró en medio del océano. Se sumergió en las profundidades con el joven árbol en las manos y lo depositó en el fondo del mar. 

En ese momento, pidió un deseo: Cada vez que se realizara un gran acto de amor en el mundo, uno de los frutos se abriría e iluminará el cielo y la noche. Las hermosas piedras estarían entonces tan lejos que ningún humano podría tocarlas. Cuando acabo, intentó subirse con el poco aire que le quedaba en los pulmones, pero fracasó y murió. En ese momento se abrió una de las frutas y apareció la primera estrella del cielo.