– ¿Así que os gustó Zagreb? Yo estuve ahí de Interrail.

Celia contestó, asociando temas: “Pues mi padre es maquinista de tren.” Acto seguido, su interlocutor, uno de los pasajeros del vuelo Barcelona-Asturias, y las otras cuatro restantes compañeras de Celia nos echamos a reír. Llevábamos 33 horas de viaje, que ni Ohrid estuviese en otro planeta, y teníamos las neuronas desactivadas. Habíamos bajado a ver Zagreb en una de las múltiples pausas del viaje de vuelta, en vez de esperar siete horas en el aeropuerto, y queríamos llegar a casa sin que el avión se cayese, cosa que estuvo a punto de pasar, y, a la vez, intentábamos retrasar la vuelta de esos diez días de juegos, playa, lagos y creatividad.

Celia, Ana, Yaiza, Yara y una servidora, Claudia, partimos el 14 de Junio hacia Ohrid, un pueblo en el suroeste de Macedonia, que se sitúa a orillas del Lago del mismo nombre al otro lado del cual se pueden ver ya las montañas albanas. Obviamente, cuando llegamos a Skopje, capital del país, tras un día de viaje, aún no sabíamos lo de las montañas. Sin embargo, a los cinco minutos de llegar al hostal, y gracias a un simpático hostelero, aprendimos que la bebida tradicional de la zona era la rakia y que te abre la garganta que da gusto. Allí nos la plantó para darnos la bienvenida a los Balcanes.

Viajar a los Balcanes es curioso. Estás tan cerca de casa y, sin embargo, en ocasiones parece que estás en otro mundo, especialmente cuando, en plena curva de montaña, los taxis deciden adelantar a tres coches a la vez y tú notas que te pasa la vida por delante de los ojos en un instante. Luca, napolitano, afirma que los macedonios siguen conduciendo mejor que sus paisanos, pero yo no pondría la mano en el fuego.

A pesar de lo encantador de la gente y de la amabilidad que despachaban todos, y a pesar de las ganas que tenían de comunicarse con nosotros en macedonio, aunque de macedonia incredulidad era nuestra cara de respuesta, no puedes por menos que percibir en el ambiente, que no dejas de estar en una zona que hace no tanto tiempo vivió una guerra muy cruenta o sus consecuencias. Por ejemplo, las relaciones entre macedonios y albanos son, en algunos casos, tirantes, y parecía incomprensible que nosotras, llegadas de la península ibérica y sin prejuicios, sufriésemos tal cosa, como hicimos. Sin embargo en nuestro grupo tuvimos participantes serbios, croatas y bosnios y todos se convirtieron en uña y carne.

El proyecto que íbamos a desarrollar se titulaba “Creativity-The Door to your Employment”. Estaba organizado por la asociación Kreator Kumanovo y nos alojaban durante diez días a orillas de un lago de 30 km mientras nos enseñaban, y nos enseñábamos, tácticas y estrategias para buscar y encontrar empleo, a la vez que nos esforzábamos por aplicar nuestros talentos creativos en tal menester. Cuando digo que nos enseñábamos es porque cada país se encargaba de dar una clase a los demás. Dejamos el pabellón español más alto haciendo esto que cuando tuvimos que presentar las opciones de empleo (o desempleo) de la península.

Al final, sin embargo,  lo que hicimos fue jugar mucho. Y lo digo como piropo y privilegio. Tengo la teoría de que, al alcanzar la adolescencia, perdemos la costumbre de jugar porque no es “guay” y, desafortunadamente, nunca la recuperamos. En épocas de desempleo, desconectar y despejar la mente ayuda a que, cuando llega el momento de hacer una entrevista (como hicimos, o al menos simulamos), tengas la mente más clara. Jugamos mucho en clase y jugamos mucho en la playa, siempre con miembros de otros países con los que casi nunca habíamos interactuado.

Aprendimos que un serbio sabe decir en español “Estoy embarazada” porque, aunque no lo parezca, viven enganchados a las telenovelas. Nos dimos cuenta de que entre hablantes de lenguas latinas, aunque el inglés es un idioma muy útil, no hay nada como soltar una palabra en tu propio idioma para que un italiano o un portugués te entiendan. Vimos partidos de fútbol de la Eurocopa apoyándonos los unos a los otros, y nunca pensé que España, Portugal e Italia fuesen a animarse juntos (afortunadamente nos fuimos antes de las semifinales). Nos enamoramos todas de un chico serbio, o al menos eso nos hizo creer él, que tuvo tanto sentido del humor que nos perdonó que ninguno supiésemos pronunciar su nombre en los días que duró el intercambio. Descubrimos que, aunque haya goteras en tu habitación, aunque se te inunde el suelo, aunque se empeñe un macedonio en voltear una tortilla española en el aire ante nuestro estupor, el lema de la zona, que todos asimilamos, seguía siendo “It’s OK, it’s OK, no problem”. Pero cómo que “no problem”, pensábamos, si puedo bañarme en las baldosas del baño en vez de en la ducha.

Los últimos días bailamos, hicimos joyas, pintamos cuadros y creamos un periódico. Y al final celebramos nuestras nuevas amistades en un bar a orillas del lago, a unos treinta grados a las once de la noche, salseando al son de una orquesta cubana.

Macedonia, como, supongo, cualquier intercambio, nos dio muchísima más riqueza personal que aprendizaje profesional. A pesar de eso, al volver a casa surgieron, como churros, informaciones de nuestros amigos del lago que acababan de encontrar trabajos o que habían pasado entrevistas con éxito.

La experiencia fue excelente y la curiosidad que nos ha generado sigue en todas nosotras. Además, como nos apresuramos a aclarar el primer día, el intercambio propicia que ahora tengamos casas de acogida en otros siete países de Europa.

One thought on “it’s ok, no problem!

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