En la Efterskole en la que estoy realizando mi proyecto de voluntariado llevamos desde el inicio de curso temiendo por el día que alguien en el colegio diese positivo y cerrasen el colegio. Ese día no llegó, pero tampoco hizo falta. Dinamarca lleva desde el 23 de diciembre en un semiconfinamiento. Todo menos supermercados y farmacias cerrado, y nuestros mayores miedos hechos realidad, las clases online.

Es algo que no gusta ni a estudiantes ni docentes. La preparación de las clases lleva mucho más tiempo, dedicación y creatividad para que al final nadie te haga caso porque están hasta las narices de estar delante de una pantalla. Ya no existe la mirada de complicidad con el compañero de al lado cuando te apetece distraerte, porque a veces ni tienen la cámara encendida. No se les puede culpar por ello, todo es menos humano a través de un ordenador.

Y mientras tanto, desde el colegio nos volvemos locos pensando como motivarlos y animarlos, al mismo tiempo que seguimos intentado avanzar materia. Nunca creí que acabaría haciendo vídeos de como cocinar una tortilla de patata o como tocar una canción de carnaval con la flauta.

De todo esto saco dos conclusiones, primero que el proyecto en el que tan feliz estaba se ha ido al traste porque ya nada es lo mismo, y segundo, no valgo como youtuber.